Ese viento que arrastra los despojos,
esas palabras rotas que la boca
dejó caer un día sin pensarlo,
no habitan el vacío ni el olvido.
Se quedan atrapadas en las grietas
del tiempo más hostil, buscando un hueco,
un poco de calor contra la desidia,
mientras afuera el mundo sigue frío.
Son miradas que un día decidieron
partir hacia el exilio de los ojos,
y hoy ruedan, tercas, sobre los cristales
como la lluvia gris de la nostalgia.
No flotan ya eternas ni grandiosas,
son solo una humedad que quiere entrar,
pequeños restos de un naufragio diario
que ya no aspira a ser ninguna cosa.