Hay hombres que rompen tu corazón y al menos intentan recoger los pedazos. Llegan con flores, con cartas, con promesas o con acciones. No porque eso borre el daño, sino porque entienden que cuando lastimas algo que amas, haces todo lo posible por repararlo.
Y luego existen otras historias. Historias donde nadie parece querer romperte el corazón, pero aun así termina roto. Historias donde el cariño existe, las disculpas existen y las promesas también, pero los días siguen pasando exactamente igual.
A veces me pregunto cuánto tiempo se supone que debe esperar una persona. Cuánto tiempo debe ser paciente. Cuánto tiempo debe confiar en que las cosas cambiarán. Porque hay puertas que parecen abrirse un poco solo para volver a cerrarse después. Hay momentos que parecen el comienzo de algo nuevo hasta que todo regresa al mismo lugar de siempre.
Lo más triste es que no duele la falta de amor. Sería más fácil si fuera eso. Duele ver que alguien quiere avanzar pero nunca termina de dar el paso. Duele escuchar que algún día será diferente mientras el presente sigue siendo exactamente igual. Duele sentir que el tiempo corre y que uno se queda quieto, esperando algo que siempre parece estar a la vuelta de la esquina.
Y mientras tanto la vida pasa. Pasan los días, pasan los meses, pasan las oportunidades. Pasan esas pequeñas cosas que parecen insignificantes hasta que un día te das cuenta de que estaban formando una historia que nunca terminó de suceder.
Quizás por eso estoy cansada. No de esperar una vez. No de esperar dos veces. Sino de esperar siempre. De mirar hacia adelante y encontrar la misma distancia. De escuchar que tenga paciencia cuando la paciencia ya ha dado más de lo que debía.
Porque el amor puede sobrevivir a muchas cosas, pero hay algo contra lo que lucha constantemente: el tiempo. Y el tiempo no se detiene por promesas, ni por buenas intenciones, ni por “algún día”. Sigue avanzando sin preguntar a quién deja atrás.
Y a veces me descubro pensando si amar debería sentirse así. Si debería sentirse como estar frente a una puerta esperando que se abra por completo. Si debería sentirse como vivir de futuros que nunca llegan a convertirse en presentes.
No lo sé.
Solo sé que hay noches en las que me pregunto si estoy esperando una realidad o simplemente una posibilidad. Y hay una gran diferencia entre ambas.
Porque una realidad llega.
Una posibilidad solo promete hacerlo.