Soy viejo lobo de mar de tez ajada,
llevo el color del mar en mi mirada,
busco en el muelle la quietud ansiada
con la memoria al fin resignada.
Dejé la playa de mi hogar temprano,
con sed de mundos y de sueños llena,
no me asustaba la feroz cadena
ni el horizonte siempre tan lejano.
En una tarde de alba primavera
partió el navío de tierras natales,
fui joven de ímpetus muy vitales
tejiendo suertes con fe verdadera.
Aquel viaje de luciente bandera
fue singladura de noble pasión,
sentí del océano la sacra canción
uniendo mi ser a su azul frontera.
En la Rosa de los Vientos marcada
queda mi estela de blanco destino,
y hoy que me rindo al final del camino
mi novia el mar reclama su llamada.
Bajo el broche de plata y luna llena,
gocé la espuma que al alma arrebata;
fue mi primera caricia de plata,
fundiendo mi sangre en su azul sirena.
Escribí diarios de ruda batalla,
entre galernas y cielos de plomo,
cargué con el atlas sobre mi lomo
sufriendo el azote de la metralla.
Mis manos son nudos de jarcia y viento,
curtidas en brea, salitre y olvido;
no hay cabo que el tiempo no haya mordido
ni vela que ignore mi agrio lamento.
Visité puertos sin mayores asombros
que el hondo romance de mi destino;
y espero que el último remolino
me libre del peso de tantos cobros.
Los años cargados sobre mis hombros
hacen mi paso cansado y errante,
añoro aquel mi momento brillante
lejos del suelo de humanos escombros.
Cambié los abismos por tierra dormida,
buscando el reposo del suelo distante,
pero el mundo se hizo tedio inquietante
frente a la vasta libertad perdida.
Intenté anclar en tierra baldía
creyendo que el puerto sería el consuelo,
pero el tejado me robó ver el cielo
y el pan de la orilla solo era agonía.
No hallé en el hogar ningún privilegio,
mi alma marina murió en el asombro;
hoy cargo un mundo que ya ni nombro
sufriendo del polvo su gris sacrilegio.
Siento que Cronos devora mi historia,
que el cuerpo cede ante su pesadumbre;
ya no me atrae la terrestre lumbre,
pues solo el viento me brinda la gloria.
Sé que mi sangre se vuelve marea,
que mi latido se rinde a la quilla,
ya no me amarra la dormida orilla
ni el faro triste que lejos parpadea.
El frío habita mi carne cansada,
el ancla eterna me invita al abismo;
no hallará el hombre su propio bautismo
si no es en la ola por Neptuno armada.
Avanzo despacio por el rancio muelle,
mi bastón tantea con paso cansado;
mi cuerpo pesa y suspiro agobiado
rogando al mar que mi gran pena selle.
El aire trajo un silbo de sirena,
un salmo de coral que me nombraba;
la vieja orilla se desdibujaba
bajo el peso de tanta blanca arena.
—Cedió la rodilla, se soltó el madero,
el aire fue un roce de gasa y de olvido;
cayó al fondo el anciano ya vencido
buscando el abrazo del mar compañero.
No hubo dolor en el último abrazo,
solo un chapuzón de seda y de frío,
la mar recibió su agostado brío
rompiendo del mundo el humano lazo.
Murió con la dicha de un sueño cumplido,
ahogado en el seno de su amada eterna;
halló en el abismo la paz más interna,
el último puerto del alma, obtenido.
—Ya duerme en mi lecho mi buen soldado,
lavé sus llagas con sal y con besos,
fundí en mi seno sus pálidos huesos
cobrando el tributo que fue pactado.
No busquen su rastro: ya es mi marido,
el viejo marino que yace amado.
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