Nunca oprimas entre tus dedos
las alas irisadas de una mariposa,
pues caerá en profundo sueño
y pensarás todas las noches:
“¿Qué hubiera sido si relumbrara en mis dedos
más que este polvillo de lustre opaco?”
Es pretencioso creer que detendrás el fluir
de
un
río.
Arrójalo de tus brazos, el viento es libre.
Si una ráfaga algente enfría tu rostro,
entonces sabrás que has sido buen Anfitrión.
Sitia tu lecho de fantasmas
y abraza a cada uno con la letanía exacta
pero no olvides ahuyentarlos antes de la aurora.
Aunque el peso y la estridencia del vigésimo siglo
caigan sobre tus hombros,
seguirá siendo como la simiente
depositada entre tus dedos.