Luis Barreda Morán

Los Mercaderes del Altar

Los Mercaderes del Altar

Dicen que hablan en nombre de Dios.

Suben al púlpito envueltos en luz,
rodeados de pantallas gigantes,
de música que estremece los cuerpos,
de palabras cuidadosamente ensayadas
para tocar las heridas más profundas
de quienes llegan buscando esperanza.

Hablan de fe.

Hablan de milagros.

Hablan de bendiciones.

Y mientras hablan,
las canastas pasan,
las cuentas bancarias esperan,
los sobres se llenan,
las transferencias caen como lluvia
sobre imperios construidos
con la moneda de la necesidad humana.

No venden pan.

No venden vino.

Venden promesas.

Promesas de prosperidad,
de ascenso,
de abundancia,
de riqueza multiplicada por cien,
de negocios bendecidos,
de enfermedades vencidas,
de deudas desaparecidas.

Y siempre existe una condición.

Sembrar.

Dar.

Entregar.

Ofrecer.

Como si el cielo fuera un mercado
y Dios un comerciante
que calcula dividendos.

Como si la gracia tuviera precio.

Como si la misericordia
se pudiera comprar a plazos.

Como si el amor divino
pudiera depositarse
en una cuenta corriente.

Entonces aparecen los palacios.

Las mansiones.

Los automóviles brillantes.

Los relojes que valen más
que la casa de una familia entera.

Los aviones privados
surcando las nubes
mientras abajo,
muy abajo,
los creyentes cuentan monedas
para llegar al final de la semana.

Hay ancianas que donan
parte de su pensión.

Hay obreros que entregan
el fruto de jornadas interminables.

Hay madres que sacrifican
lo que necesitaban para sus hijos.

Hay enfermos
que ofrecen lo poco que poseen
porque les prometieron
que la fe se demostraría
en la cantidad entregada.

Y mientras tanto,
el predicador sonríe.

Dice que Dios lo ha prosperado.

Dice que es una señal de bendición.

Dice que su riqueza
es la prueba visible
de una fe extraordinaria.

Pero la pregunta permanece,
quieta,
incómoda,
como una piedra en el zapato de la conciencia:

¿Dónde está el carpintero de Nazaret
en toda esta historia?

¿Dónde está aquel hombre
que caminaba entre pescadores?

¿Dónde está aquel que tocaba leprosos,
que se sentaba con los pobres,
que compartía la mesa con los despreciados?

¿Dónde está aquel
que no tenía dónde reclinar la cabeza?

Porque cuesta encontrarlo
entre tanto mármol,
entre tanto lujo,
entre tanto oro.

Cuesta reconocerlo
en medio de auditorios monumentales
donde el aplauso parece más importante
que la compasión.

Cuesta escucharlo
entre discursos motivacionales
que han reemplazado
la antigua voz del Evangelio.

El Evangelio hablaba de servicio.

Ahora hablan de éxito.

El Evangelio hablaba de compartir.

Ahora hablan de acumular.

El Evangelio hablaba de cargar la cruz.

Ahora hablan de conquistar mercados.

El Evangelio hablaba de humildad.

Ahora hablan de poder.

Y algo se pierde en el camino.

Algo esencial.

Algo sagrado.

Porque la fe deja de ser encuentro
y se convierte en inversión.

La oración deja de ser diálogo
y se convierte en estrategia.

La comunidad deja de ser fraternidad
y se convierte en clientela.

El templo deja de ser refugio
y se convierte en empresa.

Entonces las palabras antiguas
regresan desde las páginas gastadas
de los siglos.

Regresan como advertencias.

No podéis servir
a Dios y a las riquezas.

Por avaricia
harán mercadería de vosotros.

La raíz de todos los males
es el amor al dinero.

Palabras incómodas.

Palabras que atraviesan los siglos
como flechas encendidas.

Palabras que todavía señalan
a quienes convierten la esperanza
en mercancía.

Porque la religión,
cuando se enamora del dinero,
olvida su propia alma.

Y el oro,
como siempre,
termina exigiendo adoración.

No todos los pastores son así.

No todos.

Existen hombres y mujeres
que sirven en silencio.

Que visitan enfermos.

Que acompañan duelos.

Que sostienen comunidades enteras
sin buscar fama ni riqueza.

Existen quienes entienden
que el liderazgo es servicio
y no privilegio.

Que el púlpito es responsabilidad
y no trono.

Que la fe es una llama
para iluminar a otros,
no una herramienta
para enriquecerse.

Pero los mercaderes del altar
siguen ahí.

Siempre han estado ahí.

Cambian de nombre.

Cambian de idioma.

Cambian de traje.

Cambian de escenario.

Pero conservan la misma ambición.

Transformar la confianza
en fortuna.

Transformar la necesidad
en negocio.

Transformar la fe
en capital.

Y quizá la verdadera pregunta
no sea cuánto dinero poseen.

Ni cuántos aviones tienen.

Ni cuántas mansiones acumulan.

La verdadera pregunta es otra.

Mucho más simple.

Mucho más profunda.

¿Puede alguien predicar
al hombre que expulsó a los mercaderes del templo
mientras construye un imperio
con aquello que dijo combatir?

Y el silencio que sigue
a esa pregunta
vale más
que todos los sermones del mundo.

—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA
Junio, 2025.