Te busqué en el rumor de los caminos,
en la voz del viento
que atraviesa los campos al amanecer,
en la inmensidad del cielo
y en el temblor antiguo de las estrellas.
Pensé encontrarte en lo extraordinario,
en el resplandor que deslumbra,
en los prodigios que dejan sin palabras.
Y sin embargo,
estabas allí.
Pequeño como una semilla de luz,
silencioso como el amor que no exige,
oculto en la sencillez del pan.
¿Cómo puede la eternidad
habitar una forma tan humilde?
¿Cómo puede el Creador de los mares
esperar pacientemente
sobre un altar?
Ante Ti,
las prisas pierden su nombre,
las heridas encuentran descanso,
y las preguntas dejan de ser tormenta.
Porque tu presencia no grita.
Permanece.
Como la lámpara encendida
que vela durante la noche,
como el corazón que ama
sin necesidad de ser visto.
En cada Eucaristía
el cielo inclina sus puertas
y la tierra recibe un beso de infinito.
Entonces comprendo
que no estoy sola.
Que cada lágrima conocida por Ti
ha sido recogida con ternura.
Que cada caída
puede convertirse en camino.
Que cada sombra
retrocede ante tu luz.
Y cuando el mundo parece olvidar
el lenguaje de la esperanza,
Tú sigues allí,
en el misterio del Pan consagrado,
en el milagro cotidiano de tu entrega,
en la silenciosa abundancia de tu amor.
Por eso vuelvo.
No porque sea digna,
sino porque tengo sed.
Y en cada encuentro contigo
descubro que el amor verdadero
no consiste en poseer el cielo,
sino en dejar que el cielo
habite dentro de nosotros.
Rosa Maria Reeder
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