Te encontré en el tiempo más irónico,
de esos momentos sombríos
en que nada se espera,
en que nada importa.
Qué gracioso el verano
que trajo envuelto en el sofoco
a tus ojos de almendra y miel,
a tus perfectas cejas que envidio hasta la médula,
a tu voz grave y varonil,
a tus manos grandes de hombre fuerte.
Me atrapó esa inocencia de alma buena,
del niño convertido en hombre.
No quedó más remedio que entregarme,
tú también te entregaste.
Forjaste el camino hasta convertirte en protección,
en río y montaña.
El tiempo pasa, poco a poco,
te voy viendo a mi lado.
Trajiste amor del bueno a mi vida,
no de la pasión corta y agonizante,
la lujuria de amantes trastornados;
en su lugar has traído conciencia, lealtad,
amistad y cercanía que crece del lazo.
El poeta no sabía nada de amor,
creía haberlo descubierto todo
en la belleza de la ninfa y su provocación;
es hasta que encuentra la belleza
en la doncella común
que comprende que el amor
es una construcción de dos almas.
Finalmente tengo la convicción
de que el amor no es tormenta,
ni frenesí ni locura;
es la suavidad de tus manos,
es tu beso tibio y largo,
es tu saludo matutino acompañado de una caricia,
es la proximidad de tu abrazo,
la sensación del calor de tu alma,
son tus miedos y confesiones.
Entonces lo descubro todo:
al fin, lo que viví antes no fue nada,
fue deseo absurdo,
idealización, fracaso y dolor.
Y es entonces que ocurre lo siguiente:
ese golpe repentino a mi pecho,
en medio del silencio nocturnal,
la duda que antes trémula
crece a incertidumbre infernal.
Siento estremecer mi cuerpo
con una terrible conjetura:
que el amor no perdura,
mi alma débil teme al abandono.
Hoy, mientras tanto, abrazaré la idea
de que al menos los marineros y poetas
han conquistado la utopía
en un mar de ninfas,
en un bosque de sirenas,
y que yo, ilusa eterna, encontré la rendición ante el amor.