Nkonek Almanorri

LOS TUMBADOS.

LOS TUNBADOS.

 

Un día las tierras, aquellos lugares perdidos  en la inmensidad de la nada, se quedaron sin voz. Así murió aquel pueblo y después otros pueblos; En poco tiempo después se vaciaron todas las casas de España y así nació “La Península de las casas vacías”. Después llegaron aquéllos que un día se tumbaron en sus camas y no volvieron a levantarse: Así nació el sobrenombre de Los Tumbados.

 

La novela que me dejaron unas semanas atrás para su lectura, previa a su compra, “La Península de las casas vacías”, de David Uclés, me ha dejado aún más la certeza de que España es, política, moral y emocionalmente, un Estado fallido; un lugar sin futuro para vivir en paz, menos aún si se sabe de su memoria secuestrada, ésta que ha sido y sigue siendo desconocida. Antes de que llegara la guerra del 36, Jándula, nombre ficticio donde se desarrollan muchos de los hechos en la novela narrados, seguramente que olía a pan recién sacado del horno y a aceite de Oliva; a esto es a lo que se dedicaba la familia de lo Ardolento a cualquier Hora del día: A hacer pan. Después, ya digo, llegó el año 1836 y España entera se partió en dos, o  tal vez sería mejor decir – porque es cierto – que ya estaba partida pero ahora acabaron de romperla.

 

El pueblo de Jándula – todo esto parte de lo que leí y supe en esta novela, y porque sé de otras historias similares – quedó, desgraciadamente, en territorio republicano, entonces fue el ejército nacional, el franquista, al que le tocó llegar allí para matar, y lo hicieron. Asesinaron al cura el primer día de su llegada, lo mataron en la misma iglesia, públicamente y delante del altar, a puertas abiertas para que fuera un acto donde todos pudieran ser testigo dado de que se impuso llevar a todos los habitantes del pueblo para que fueran testigos del ajusticiamiento, para que quedara memoria de ello. Después mataron también, en los días siguientes, a los hombres de cierta importancia siendo el primero el alcalde, al médico y también al farmacéutico y al panadero, así sucesivamente. Muchos hombres decidieron esconder a sus mujeres e hijos bajo tierra, en cuevas allí escavadas desde siglos; otros decidieron huir siendo asesinados a sangre fría en los mismos caminos siendo dejados allí y comidos por los buitres y otras aves de rapiña. También mataron con saña a los maestros y que eran a los que más odiaban. Después acto seguido impusieron el terror a los sobrevivientes, no por los tres años de guerra siguientes sino, peor aún, durante décadas después y lo que fue lo peor; Ya se mataba por vicio, esto ocurrió entre vecinos y hasta familiares de la misma calle que habían superado aquella guerra y que se saludaban a diario: Esto es lo que significa una guerra.

 

Entre los hechos que destaco en esta novela es algo que pareciera insignificante pero, por experiencia de mi propia familia, sé que destruyen a las personas de por vida y es la dispersión forzada que se produce hacia todas las direcciones como un intento de huir de todo y de todos incluyendo de los mismos seres queridos porque se sabe que entre hermanos incluso hubieron enfrentamientos con muerte final.

 

Hay un hecho que el autor no nombra en su novela pero del cual le oí en una entrevista televisiva y del que fui testigo directo y que le sucedió a un tío abuelo mío del cual sólo supe por referencia familiar. David Uclés habla de los tumbados y que fueron aquellos hombres que años después de acabar la guerra volvieron a sus casas, casas ya vacías la mayorías, cerradas, muchas de ellas tapiadas con muros de piedras secas por el sol y naturalmente sin nadie dentro; era ésta la realidad viva y sobreviviente de La Península de las casas vacías. Muchos de estos hombres que volvían llegaron destrozados sicológicamente ya de por vida por haber visto y ser cómplices directos de asesinatos, violaciones, de matanzas; llegaron vivos a casa y ya no querían vivir más; se tumbaban en sus camas durante no días ni semanas sino años y muchos de ellos no llegaron a ver más la luz del sol: Simplemente no querían vivir sino permanecer tumbados en la cama rumiando en silencio con sus recuerdos. Durante años, décadas incluso, se les llamaron por todos los pueblos de la Península de las casas vacías, los tumbados.