Hay días que laten distinto,
días que se sienten como un corazón desbocado
cuando cruzamos el mundo de la mano,
sin miedo a nada,
solo riendo en la carrera breve
de una calle cualquiera.
Hay instantes dulces,
como el sabor de un caramelo compartido
antes de un beso,
pequeños gestos que se hacen eternos
cuando nuestras miradas se encuentran
y las sonrisas dicen todo
lo que no hace falta nombrar.
En medio de la rutina,
un timbre rompe el silencio
y mientras atiendo el mundo afuera,
tú te cuelas en mi momento,
con un beso,
como si el tiempo solo existiera
para sorprendernos.
Me gusta abrazarte al verte,
sentir cómo encajamos
como piezas que se buscan desde siempre,
y entendernos en silencios,
en travesuras,
en juegos de manos y guiños secretos
que solo nosotros compartimos.
A veces, solo basta un gesto,
una mano alzada, una sonrisa,
y el mundo desaparece cuando corres hacia mí
y me besas,
como si no hubiera nada más allá
de este espacio donde somos nosotros.
Y cuando descansas
con tu cabeza sobre mí,
acaricio tu rostro,
y siento que en esos momentos
el latir de los días
es el latir de nuestro amor,
suave, constante, infinito.