Leoness

El destello en la boca del laberinto

Cruza el relámpago de plástico, un hachazo de luz blanca

que degüella la penumbra del bulevar.

Entran las almas, salen los espectros,

puertas giratorias que son válvulas de un cráneo de hierro.

No hay piratas aquí, sino náufragos del asfalto

que mastican el tiempo con prisa de condenado.

 

Yo miro este oleaje de cebollas y aceites polvorientos,

el tránsito fluvial de las ideas que bajan por la garganta.

Un hombre piensa en su infancia mientras muerde el pan frío;

una mujer gesticula, derrama un río de fanta roja,

y en su mano temblorosa viaja el dolor del mundo.

Es el cerebro que late con su sabor a mostaza y ceniza,

pensar, hablar, masticar la existencia,

beberse el vino agrio de los minutos que no vuelven.

 

¡Míralos! Rostros de yeso y sombra que lo dicen todo sin un grito.

En el fondo de sus ojos naufraga la decepción de los imperios,

mientras en la comisura de los labios les florece

una alegría miserable, un destello de grasa y oro.

Es el París mundano, esta corte de milagros mecánicos,

donde la vida ruge como un mar embravecido dentro de un vaso de papel.

 

Y sin embargo, entre los dientes del bullicio,

más allá del crujir de las patatas y el metal de las monedas,

se desliza una llovizna de música.

Un saxofón de humo camina descalzo por la calle parisina,

un lamento de cobre que dobla las esquinas de la prisa.

 

Entran, salen, devoran, existimos.

El flash del autoservicio nos fotografía el alma desnuda:

somos fragmentos de un pensamiento que alguien olvida

en una mesa sucia de París,

mientras el saxo sigue flotando,

tranquilo,

como la sangre que corre por un cuerpo herido de belleza.