Usted llegó sin previo aviso,
con sus bolsillos llenos de naufragios prestados,
caminando despacio,
como quien no quiere alterar las estadísticas.
Traía cristales del mar entre las manos,
esos vidrios pulidos por la insistencia del agua
que ya no cortan, que solo brillan.
Y resulta que se quedó a vivir adentro,
en este mapa de venas y de inviernos.
Es curioso cómo trabaja su marea.
Usted viaja por mis rincones más oscuros
y va coloreando la sangre,
poniéndole un tinte de horizonte y de vigilia
a este caudal que antes era puro trámite.
Usted bien sabe que yo arrastraba una sombra.
Una costra gris, un hollín antiguo;
el carbón de los malos días y las ausencias
que había tapado mi buen corazón,
dejándolo mudo, casi de oficina.
Pero sus cristales no son de adorno.
Están borrando la ceniza con paciencia,
raspando la amargura sin apuro,
devolviéndole al músculo su viejo oficio de latir.
No sé cuál es su estrategia ni su táctica,
pero gracias por este desembarco.
Gracias por limpiar las ventanas del alma
y recordarme, codo a codo,
que todavía quedaba un buen corazón bajo el carbón.