Una noche calurosa de mayo,
se acerca un pequeño barquito
por la maltrecha y herida Yezosa,
alumbrado por la luna llena rojiza.
Atracó en las calles de basalto,
reverberando en el cielo.
Ella de repente apareció
y me agarró de la mano,
olvidando los prejuicios
y omitiendo los estereotipos.
La seguí sin decir nada,
empujado por la aventura,
hacia donde ella me quiso llevar.
Y en un perdido soportal,
mi alma empezó a cantar
una copla de carnaval.
De repente, nuestros dos cuerpos hablaron
sin palabras de por medio.
Ella era una princesa sevillana,
rubia y de piel blanquita,
con unos ojos verdes potentes
como miles de soles nacientes.
La alumbraban las estrellas,
al igual que a las diosas grecorromanas
en las antiguas plazas romanas.
En ese momento no hubo
más verdad que la de nuestras caricias
y la de nuestros labios.
Escalofríos recorrieron mi espalda
como nunca antes.
Y desde la noche aquella
no he sentido luz más bella.
Ay, mi amor revolucionario,
ay, mi pasión nueva y soñadora.
Por eso hoy te lo lanzo
y grito a los cuatro vientos
que te quiero.
Mi corazón te está esperando.