Una música aleatoria
me toca, inesperada,
regrieta alguna herida,
antigua, y una lágrima
me brota, se hace notario
de algún trauma, ignoto,
una costura mal cosida,
una aguja que no entró
lo suficiente, que no selló
la carne y la sangre surgida.
Las notas se confabulan
para lágrima a lágrima
romper dentro un dique,
y un mar en mi boca
se va formando, su inundación
me ahoga.
Al terminar detuve el play
a ver si entendía el misterio,
qué trauma, herida, rasguño,
roce, había despertado
con solo el volar de sus notas,
y tras un instante, corto,
repentino, como fue la música,
entendí, limpié la herida
y cosí con la facilidad del aire.