Amanece.
Mi lugar todavía guarda
algo de la noche entre los árboles,
algo de sueño en las veredas húmedas,
algo de silencio bajo los techos.
El sol se asoma despacio,
como quien llega tarde a una cita
y teme interrumpir la calma.
Una niebla ligera
se demora en los jardines.
Las ramas desnudas
dibujan viejas caligrafías en el cielo,
mientras el frío sostiene al barrio
en una melancolía de otro tiempo.
No se oye mucho.
El rumor distante de un tren,
alguna persiana que se abre,
el día ensayando sus primeros pasos.
La luz avanza lentamente
sobre las calles vacías,
como si quisiera despertar cada rincón
sin apresurar la mañana.
Y por un instante,
antes de que lleguen las horas,
antes de que el mundo recuerde su prisa,
todo parece permanecer
en ese frágil equilibrio
entre la sombra y la luz.