Esclavitud Asalariada (Verso Libre)
Ya no existen mercados de esclavos
en las plazas de piedra.
Ya no resuenan los grilletes
arrastrándose sobre la tierra caliente.
Ya no se marcan cuerpos
con hierro al rojo vivo.
Y sin embargo,
algo permanece.
Algo invisible,
silencioso,
disfrazado de normalidad.
Las cadenas aprendieron a esconderse.
Ahora tienen forma de contrato,
de horario,
de tarjeta de acceso,
de reloj que vigila la entrada
y la salida.
Ya no atan los tobillos.
Se enredan alrededor de la necesidad.
Cada amanecer
millones despiertan
antes que el sol,
no porque persigan un sueño,
sino porque temen perder
el derecho a sobrevivir.
El hambre
es un capataz eficiente.
No necesita látigo.
Le basta con recordar
que la renta vence,
que las deudas esperan,
que los hijos necesitan comer,
que el futuro tiene precio.
Entonces el trabajador camina.
Camina hacia la fábrica.
Camina hacia la oficina.
Camina hacia el almacén,
el hospital,
el supermercado,
el call center,
la plataforma digital,
la pantalla luminosa
que le exige producir
sin descanso.
Es libre,
le dicen.
Libre para aceptar.
Libre para renunciar.
Libre para elegir
entre obedecer
o caer.
Libre para vender
las horas de su vida
al mejor postor.
Libre para competir
contra otros desesperados.
Libre para convertirse
en mercancía.
Y la libertad,
repetida tantas veces,
termina pareciéndose
a una orden.
El antiguo esclavo
pertenecía a un amo.
El nuevo
pertenece al mercado.
No tiene dueño visible.
Tiene miles.
Accionistas desconocidos.
Fondos de inversión.
Consejos de administración.
Algoritmos.
Números.
Gráficas.
Balances.
Rostros ausentes
que deciden su destino
desde oficinas lejanas.
Ya no importa quién es.
Importa cuánto produce.
Cuánto vende.
Cuánto rinde.
Cuánto cuesta reemplazarlo.
Porque la época moderna
ha perfeccionado una crueldad singular:
hacer desechables
a los seres humanos.
Si uno cae,
otro ocupará su lugar.
Si uno protesta,
otro aceptará menos.
Si uno se agota,
otro más joven
espera en la fila.
La máquina nunca se detiene.
Solo cambia las piezas.
Y sobre las ruinas
de las antiguas fábricas,
nació otra figura.
El precario.
El trabajador sin certezas.
Sin estabilidad.
Sin futuro.
Sin raíces.
Con una maleta siempre lista
para marcharse.
Con contratos que duran semanas.
Con promesas que duran horas.
Con derechos que desaparecen
más rápido que los salarios.
Le dijeron
que la flexibilidad era progreso.
Que la incertidumbre era oportunidad.
Que la inseguridad era libertad.
Y terminó viviendo
en un presente perpetuo,
sin saber dónde estará mañana.
Sin saber cuánto valdrá su esfuerzo.
Sin saber si el próximo mes
seguirá existiendo su empleo.
Mientras tanto,
los templos del consumo
permanecen iluminados.
Las vitrinas resplandecen.
Las pantallas seducen.
Los anuncios prometen felicidad.
Comprar.
Consumir.
Desear.
Volver a comprar.
Como si la abundancia de objetos
pudiera ocultar
la pobreza del tiempo.
Porque esa es la riqueza más robada.
No el dinero.
No las cosas.
Sino la vida.
Las horas irrepetibles.
Los días convertidos en mercancía.
Los sueños archivados.
Las vocaciones abandonadas.
Las palabras nunca dichas.
Los abrazos aplazados.
La existencia intercambiada
por una nómina.
Y aun así,
la mayoría sonríe.
Porque aprendió a llamar éxito
a la obediencia.
Porque aprendió a llamar mérito
al agotamiento.
Porque aprendió a llamar libertad
a la necesidad.
Esa es la victoria más profunda
del sistema.
No gobernar los cuerpos.
Gobernar las conciencias.
Lograr que los dominados
defiendan su propia dominación.
Que celebren sus cadenas.
Que compitan por ellas.
Que las decoren
como si fueran trofeos.
Pero bajo la superficie,
algo persiste.
Una pregunta antigua.
Una inquietud obstinada.
Una voz que atraviesa los siglos.
¿Puede llamarse libre
quien debe venderse para vivir?
¿Puede llamarse digna
una existencia reducida
a producir y consumir?
¿Puede llamarse humana
una sociedad
que mide el valor de las personas
según su utilidad económica?
La pregunta permanece.
Camina entre oficinas.
Cruza fábricas.
Recorre barrios.
Habita universidades.
Se sienta junto al desempleado.
Acompaña al trabajador agotado.
Susurra al precario.
Y espera.
Espera el día
en que los hilos invisibles
se vuelvan visibles.
El día
en que la costumbre deje de parecer natural.
El día
en que los números
dejen de valer más que las personas.
El día
en que la vida
recupere el lugar
que nunca debió perder.
Entonces,
quizá las cadenas,
por fin,
caigan.
—Luis Barreda/LAB
Los Ángeles, California, EUA
Junio, 2021.