Si se nos muere Aurelia,
¿quién fregará los platos de la cena,
o cerrará las ventanas
al caer la noche?
Si Aurelia de pronto muriera,
¿dónde encontraríamos refugio
para los días de lluvia?
¿Cuántas cortinas quedarían
desflecadas por las zozobras
de una ventolera?
Aurelia camina por los pasillos
y entra, de pronto, el fresco matutino
de la hora
a revivir la soledad de los cuartos.
Aurelia sabe la forma de contar
números impares antes de comenzar
a pintar muros y paredes
del caserón viejo.
Solo Aurelia puede recitar
largas estrofas de poemas gastados
dándole ese tono exacto
de la tristeza que evocan
las palabras.
Aurelia, la forma, la consistencia
la necesidad.
Aurelia, con su sonrisa opaca
y sus ojos llenos de las plumas
de mil gaviotas retozando sobre las olas
de algún mar perdido.
Solo Aurelia: la de la voz pausada
y lenta,
aun cuando se usan adjetivos
que podrían destrozar
cualquier garganta humana.
Si se nos muriese Aurelia,
que sería de los puercos en el corral,
de los sembrados de tomate,
en el jardín de los abuelos.
Aurelia: lampara, lisonja
relicario.
Lamento largo
de saber un día cualquiera,
que, tal vez, Aurelia
hace ya mucho
que se fue de este mundo,
y nosotros, sin darnos cuenta,
seguimos alterando
la realidad de su presencia.