Entre los ojos la silueta entretenida
dibujaba un perfil de extraña calma,
mientras pasaba indiferente por la vida
cual estatua viva, con cuerpo y alma.
Sentada junto a mí en el banco de piedra,
ella guardaba un silencio absoluto,
mientras la gente, cual nudo de hiedra,
miraba el aire con miedo enlutado.
Desde las raíces del árbol vetusto
donde su espalda reposaba quieta,
un lazo oculto, con paso robusto,
mis propios pies atrapaba en la meta.
No sentí la presión de la atadura,
ni aquel beso que en mi mejilla dejó;
un jazmín negro brotó con premura
donde su boca su huella marcó.
Y ante el pavor de la gente que mira,
mi cuerpo entero empezó a cambiar,
en una forma que el miedo suspira
y que nadie en la tierra logró imaginar.