Se venden poemas.
¿Y cuál es la ganancia de venderlos?
me preguntaron.
La ganancia es que dejen de habitar mi mente, que abandonen el rincón donde nacieron y encuentren refugio en otros ojos.
No será una ganancia monetaria; será esa emoción sutil de descubrir que aquello que me habita también vive en alguien más.
Pero no eres tendencia.
Y qué importa. ¿Para qué ser tendencia? Un capricho pasajero, una carrera por sobresalir entre montañas de versos impresos en tinta.
La verdadera tendencia sería no marchitarse, permanecer intacto ante el tiempo, pero hasta las palabras más bellas terminan cediendo al olvido.
Aun así, se venden poemas para quien los quiera.
Se venden con la esperanza de que la emoción no muera, de que encuentren al lector perfecto, aquel que pague con un estremecimiento, con un recuerdo, con una lágrima silenciosa.
Y entonces el dinero no será más que un papel teñido, la imagen de algún muerto en la portada, mientras el verdadero valor habita en aquello que no puede comprarse: la emoción compartida entre quien escribe y quien, al leer, se reconoce en el verso.