No sé si te amo
o si inventé tu sombra
para no ver la mía,
como quien confunde una luz prestada
con una orilla donde quedarse.
Me dijeron que el amor lo puede todo,
que quien ama espera,
perdona, se rompe
para que el otro no se vaya.
Y yo lo creí.
Lo creí en las canciones,
en esas parejas perfectas
que sonríen detrás de una pantalla
mientras nadie muestra
la habitación donde se llora.
¿Por qué amarte me causa dolor?
¿Por qué tiemblo cuando tardas?
¿Por qué mi alegría es una moneda
que solo vale en tu mano?
Quizá no es amor
esto que me ata las muñecas.
Quizá es miedo,
costumbre,
soledad con tu rostro.
Te idealicé tanto
que dejé de verte.
Te puse alas, corona,
un lugar imposible
sobre mi propia vida.
Y mientras tú crecías,
yo me iba quedando pequeña,
más lejos de mí,
más obediente al dolor.
Un día comprendí
que amar no puede ser
renunciar a la voz propia,
ni dejar la autoestima
en la puerta de calle.
Amar tendría que ser otra cosa:
una mesa compartida, sí,
pero también una silla propia,
un abrazo, pero no una cárcel,
un camino juntos,
pero nunca la pérdida
del propio paso.
Hoy me digo,
con tristeza y con alivio,
que quizá no sé si te amo,
pero empiezo a saber
que debo quererme.
Y ese aprendizaje,
aunque duela,
aunque me deje sola
frente a la tarde encendida,
se parece a una manera limpia
de empezar de nuevo.
José Antonio Artés Sánchez