Jose Maria Brun

Leteo

Leteo

 

Lava el verdugo el hierro 

despacio al alba.

Y el agua insiste sobre unas

manos dóciles ya rendidas

a la sangre.

 

​Así mi corazón.

​No más limpio.

Más cansado.

Con esa mansedumbre, 

ya casi aura

 

​Y tu luz aún ardiendo

debajo de mis dedos,

una marca oscura

aprendida en la piel

después de muchos años.

 

​Ni el agua la desprende.

Ni la noche la disimula

​Siquiera esa paz extraña

que la mira:

como mira el invierno

la última hoja en el árbol.

 

​Y cuando repose mi sombra

en el borde que aguardan

las cosas que ya no vuelven,

junto a la red descosida

y el cristal romo,

allí estará conmigo,

intacta mi condena...

 

​Que tu tristeza la roce

apenas, igual que el rocío

besa las manos del verdugo

sin preguntar nada.

 

​José María Brun González