Leteo
Lava el verdugo el hierro
despacio al alba.
Y el agua insiste sobre unas
manos dóciles ya rendidas
a la sangre.
Así mi corazón.
No más limpio.
Más cansado.
Con esa mansedumbre,
ya casi aura
Y tu luz aún ardiendo
debajo de mis dedos,
una marca oscura
aprendida en la piel
después de muchos años.
Ni el agua la desprende.
Ni la noche la disimula
Siquiera esa paz extraña
que la mira:
como mira el invierno
la última hoja en el árbol.
Y cuando repose mi sombra
en el borde que aguardan
las cosas que ya no vuelven,
junto a la red descosida
y el cristal romo,
allí estará conmigo,
intacta mi condena...
Que tu tristeza la roce
apenas, igual que el rocío
besa las manos del verdugo
sin preguntar nada.
José María Brun González