esequiel Enrique Velásquez Salcedo

La deuda del silencio

 

Te vi llegar y algo cambió en mí. No hubo música, ni señales del destino. Solo estabas ahí, sonriendo, y bastó para que mi corazón creyera haber encontrado un lugar al que pertenecer.

 

Te amé con la inocencia de quien todavía no conoce las traiciones. Te entregué mis días tranquilos, mis noches de desvelo, mis ganas de construir un futuro y las palabras que siempre guardé para alguien que pensaba sería eterno.

 

Mientras yo levantaba sueños contigo, tú guardabas silencios que nunca entendí. Yo hablaba de mañanas juntos, y tú respondías con sonrisas que hoy recuerdo llenas de distancia.

 

La verdad no llegó con gritos ni con una confesión. Llegó poco a poco: en tus ausencias, en tus ojos evitando los míos, en ese perfume que no era el mío y en la sensación amarga de sentir que ya no estaba en tu corazón.

 

Ese día entendí que el amor también puede disfrazarse de costumbre. Que existen abrazos que no abrigan, besos que no dicen nada y palabras que solo sirven para aplazar un adiós.

 

Sentí rabia. Mucha rabia. Quise arrancarte de mi memoria, romper cada recuerdo, borrar tu nombre de todo aquello que alguna vez me hizo feliz. Quise odiarte, porque pensé que odiar dolería menos que seguir amándote.

 

Pero descubrí que el rencor es un peso demasiado grande. Uno cree que castiga a quien le hizo daño, pero al final termina castigándose a sí mismo. Y yo estaba cansado de vivir encadenado a un pasado que no podía cambiar.

 

Pasó el tiempo. Aprendí a sonreír aunque por dentro todavía quedaran heridas. Comprendí que algunas personas regresan no porque amen, sino porque un día descubren el vacío que dejaron atrás.

 

Hoy ya no te odio. Tampoco espero que vuelvas. Solo te recuerdo como se recuerda una tormenta fuerte: por las cicatrices que dejó y por la fuerza que me obligó a encontrar para seguir adelante.

 

Y mientras pensaba en todo esto, comprendí algo más doloroso. La muerte nunca se detiene. Permanece en silencio, esperando el momento en que cerrará nuestros ojos y convertirá nuestras discusiones, nuestras traiciones y nuestros orgullos en simples recuerdos.

 

Quizá entonces entendamos que amar con sinceridad era más importante que ganar una discusión, que perdonar valía más que alimentar el orgullo y que ninguna infidelidad merece tanto tiempo de nuestra vida. Porque al final, la muerte siempre avanza despacio, paciente y segura, cobrando la deuda de todo el tiempo que dejamos escapar.

 

Poeta: Esequiel