Detrás de la chimenea una sombra, las tres de la mañana, desvelo de repente, un mal sueño, agua y pipí, la cama sudada, le di la vuelta a la almohada para conciliar el sueño, resueño, y el enigma de la sombra me quebraba el sosiego, me puse de una lado, el izquierdo, después del otro cuando ese lado caducó en la cadera, pero tuve la habilidad de llevarme el enigma al sueño y resolverlo en la tiniebla; un hombre cano, mediana edad, bordea el saliente de la chimenea y se adentra en el salón atravesando la argamasa, pasa por la cocina, debía de llevar hambre, y gira el picaporte de mi puerta que miro tiritando, despierto en sobresalto sobre un sudor de gomaspuma, celebro que la realidad no avale la trama, suelto la cabeza y su peso sobre el mar de la almohada, empiezo de nuevo como si hubiese incurrido en la calavera del juego de la Oca, y ya, bendito sea dios, amanecí a la hora prevista para emprender el día.