El oscuro

La Madrugada de los Que Lloran en Silencio

Son las tres de la madrugada.

La noche se ha detenido sobre mi ventana como un ave oscura de alas inmensas, y el reloj, cruel verdugo de los insomnes, deja caer los segundos uno por uno sobre mi pecho, como gotas de plomo fundido.

Todo duerme.

Las casas.

Los árboles.

Las calles.

Hasta el viento parece haberse rendido al cansancio.

Todo duerme…

Menos este corazón herido que lleva años buscando un refugio donde descansar.

Escucho voces.

No vienen de afuera.

Nacen en las profundidades de mi alma, allí donde se acumulan los recuerdos que nunca sanaron.

Son voces vestidas de tristeza.

Pronuncian mis derrotas.

Se ríen de mis cicatrices.

Me recuerdan a quienes prometieron quedarse y se marcharon sin volver la mirada.

Me hablan de sueños rotos, de abrazos convertidos en ausencia, de todas aquellas veces que lloré en silencio para que nadie notara que me estaba derrumbando.

Salgo al balcón.

La ciudad parece un cementerio de luces apagadas.

Las calles están vacías.

Tan vacías como el rincón de mi pecho donde alguna vez habitó la esperanza.

El frío del amanecer comienza a descender lentamente.

Es un frío extraño.

No quema la piel.

Quema los recuerdos.

Se desliza por mis huesos como una vieja nostalgia y termina instalándose en mi corazón, donde encuentra su verdadera morada.

Miro el horizonte esperando encontrar una respuesta.

Pero el cielo guarda silencio.

Y en ese silencio inmenso siento el peso de todos los años que he sobrevivido fingiendo que estoy bien.

Porque hay dolores que nadie ve.

Dolores que aprenden a vestirse de sonrisas para no preocupar a nadie.

Dolores que se sientan a nuestra mesa, caminan a nuestro lado y duermen junto a nosotros sin que el mundo sospeche siquiera su existencia.

Camino de un lado a otro.

Como un náufrago perdido en un océano sin orillas.

Como un peregrino condenado a buscar una puerta en un laberinto que no tiene salida.

Y mientras camino, siento que mis recuerdos avanzan detrás de mí.

Veo rostros que ya no están.

Escucho voces que el tiempo apagó.

Siento abrazos que solo existen en mi memoria.

Y comprendo que algunas ausencias nunca se marchan; simplemente aprenden a vivir dentro de nosotros.

Hay lágrimas que no salen de los ojos.

Se quedan atrapadas en el alma.

Allí permanecen durante años, convirtiéndose lentamente en tristeza.

Y esta noche las siento todas juntas, golpeando mi pecho como una tormenta.

Quisiera descansar.

Solo descansar.

Apoyar la cabeza sobre el hombro de alguien y dejar de ser fuerte por un momento.

Dejar de fingir que puedo con todo.

Dejar de cargar esta cruz invisible que cada día pesa un poco más.

Porque estoy cansado.

Cansado de extrañar.

Cansado de luchar.

Cansado de hablar con el silencio cuando no encuentro a nadie que comprenda el idioma de mis heridas.

Son las tres de la madrugada.

Y mientras el mundo sueña, yo permanezco despierto contemplando la oscuridad.

Pensando en todas las personas que alguna vez amé.

En todos los abrazos que el tiempo me arrebató.

En todas las versiones de mí que murieron intentando sobrevivir.

El reloj sigue avanzando.

La noche sigue respirando.

Y yo sigo aquí.

Con el alma llena de inviernos.

Con el corazón convertido en un jardín donde florecen únicamente los recuerdos.

Esperando el amanecer.

No porque crea que la luz resolverá mis penas.

Sino porque cada noche que logro sobrevivir se convierte en una pequeña victoria.

Y aunque nadie lo vea, aunque nadie lo sepa, hay una parte de mí que continúa resistiendo entre las ruinas.

Una parte de mí que aún espera.

Que aún ama.

Que aún sueña.

Y que, en medio de tanta oscuridad, sigue rogándole al cielo que algún día vuelva a existir una mañana capaz de abrazar todas las lágrimas que la noche dejó caer sobre mi alma.