Aún tiembla en mi pecho la niña olvidada,
del frío y del miedo sufriendo el desdén;
aquella presencia que hería desalmada,
buscando un refugio que me hiciera bien.
Estando solita, sufriendo el espanto,
me hacían sentir una total basura,
con palos cobardes que ahogaban mi llanto,
viviendo cautiva de tanta amargura.
No olvido aquel día de blusa verde clarita,
volver de las compras con solo siete años,
y hallar como pago la saña maldita,
un palo tras otro, vertiendo desengaños.
Era el Día del Niño, la sangre brotaba,
un rojo encendido que todo inundó;
café mi blusita de pronto quedaba,
mientras su violencia mi cuerpo rompió.
Por fin las denuncias abrieron la puerta,
y de ese vil trato por siempre salí;
desnutrida, herida, con el alma muerta,
de aquel cruel infierno muy lejos me fui.
De hogar en hogar caminé desolada,
con otros niños compartiendo el dolor,
pasando las noches con la fe quebrada,
creciendo sin redes, sin paz, sin amor.
Y fueron los ángeles de cuatro patitas
los que con su aliento curaron mi herida;
en noches de palos, sus almas benditas
me dieron abrigo, me dieron la vida.
En su propia casa me hallaba escondida,
buscando en sus cuerpos el dulce consuelo;
sus fieles lengüitas curaban mi vida,
mientras sus almas me alzaban el vuelo.
Por eso la gente me causa distancia,
huyendo del miedo que un día sufrí;
no quiero volver a mirar su arrogancia,
la paz de mi espacio por siempre elegí.
Amigos son pocos, tal vez tres o cuatro,
contados del todo, casi sin vernos;
no busco reuniones ni el ruido del teatro,
prefiero a solas mis días mantenerlos.
Me basta el silencio, no busco el ruido,
me sana el milagro de verlos comer;
mis ángeles fieles, de colita y latido,
son todo el refugio que quiero tener.
Mi gran resiliencia es el llanto vencido,
la espina profunda que vi florecer.
Hoy miro al futuro con pasos maduros,
buscando la calma que el cielo me dio;
atrás se quedaron los tiempos oscuros,
la niña que un día de frío tiritó.
Aunque la nostalgia me quiebre por dentro,
mi alma cansada por fin descansó,
soy una mujer que en su propio centro,
halló la marea que el viento calmó.