Bésame Donde Habitan los Sueños
(Prosa poética)
Ven conmigo cuando el día haya guardado sus últimos colores y la noche comience a extender su manto sobre los campos silenciosos. No hace falta que digas nada. Hay momentos en los que las palabras son demasiado pequeñas para contener lo que siente el corazón. Caminemos despacio, dejando que el viento nos reconozca, como si hubiera estado esperándonos desde siempre.
Quiero encontrarte allí donde la tierra todavía conserva el perfume de la lluvia y donde las estrellas parecen inclinarse un poco más cerca de los enamorados. En ese lugar donde el tiempo se vuelve amable y deja de perseguirnos, donde las preocupaciones se quedan atrás como hojas arrastradas por la corriente de un río lejano.
Toma mi mano y avancemos sin prisa. Que nuestros pasos inventen un camino que no aparezca en ningún mapa. Que sea únicamente nuestro, trazado por la confianza, por las risas compartidas y por esos silencios que sólo pueden existir entre dos almas que se conocen profundamente. No necesito llegar a ningún destino; me basta con caminar a tu lado.
La noche tiene una música secreta. Está en el murmullo de las ramas, en el canto lejano de los grillos, en el suspiro de la brisa cuando atraviesa los árboles. Escúchala conmigo. Dejemos que sea la orquesta invisible que acompañe este instante. Porque hay recuerdos que nacen precisamente así: sin grandes anuncios, sin testigos, apenas sostenidos por la belleza sencilla de estar juntos.
Mírame. No como se mira algo pasajero, sino como se contempla aquello que se desea guardar para siempre en la memoria. Quiero recordar la forma en que tus ojos reflejan la luz de la noche, la manera en que tu sonrisa ilumina más que cualquier luna suspendida en el cielo. Hay una ternura en tu presencia que vuelve más suave el mundo y transforma lo cotidiano en algo extraordinario.
Si alguna vez el futuro nos separa por la distancia o por los caprichos inevitables de la vida, quiero que este momento permanezca intacto en algún rincón de nosotros. Que podamos regresar a él con el pensamiento y encontrarlo exactamente igual: el mismo aire tibio, la misma emoción silenciosa, la misma certeza de haber sido felices.
Acércate un poco más. No para escapar del frío, sino para sentir cómo nuestras historias se acercan también. Cada persona es un universo entero, lleno de recuerdos, cicatrices, sueños y esperanzas. Y, sin embargo, hay instantes milagrosos en los que dos universos encuentran la forma de coexistir sin perder su esencia. Eso es lo que siento cuando estoy contigo: la maravillosa sensación de que dos mundos pueden encontrarse sin dejar de ser ellos mismos.
Mira hacia arriba. Las estrellas parecen eternas, pero incluso ellas nacen, brillan y algún día desaparecen. Tal vez por eso el amor es tan valioso: porque ocurre dentro del breve tiempo que nos ha sido concedido. Porque, sabiendo que nada dura para siempre, elegimos entregarnos de todos modos. Elegimos confiar. Elegimos sentir.
Y si esta noche pudiera conservarse para siempre, la guardaría como se guarda un tesoro antiguo. La envolvería con el aroma de la hierba húmeda, con el resplandor plateado que descansa sobre el horizonte, con la música invisible que acompaña nuestros pasos. La guardaría junto a tu nombre.
Porque hay noches que se olvidan al amanecer, pero hay otras que permanecen viviendo dentro de nosotros durante años. No por lo que ocurrió en ellas, sino por lo que despertaron en el alma.
Y esta es una de esas noches.
La noche en que el mundo pareció detenerse para contemplarnos.
La noche en que la distancia entre dos corazones se volvió tan pequeña que casi desapareció.
La noche en que comprendí que algunos momentos no necesitan promesas, porque su belleza ya es suficiente.
Y mientras la oscuridad continúa extendiendo sus alas sobre el paisaje, mientras el viento sigue recorriendo los senderos y las estrellas observan desde su inmensa altura, sólo deseo permanecer aquí, junto a ti, dejando que el universo continúe girando lentamente a nuestro alrededor, como si supiera que existen encuentros capaces de volver sagrado un instante común.
Y así, sin prisa, sin ruido, sin más testigos que la noche y nuestros sueños, permanezcamos cerca.
Tan cerca que el silencio pueda decir todo aquello que las palabras nunca alcanzarán a expresar.
—Luis Barreda/LAB