Caen del cielo gotas de cristal, que con su canto arrullan a la tierra, donde el aroma a vida se desierra y borra la tristeza del rosal.
Desciende el agua en hilos de esplendor, limpiando el polvo gris de los caminos, tejiendo entre los árboles divinos un manto de frescura y de verdor.
Golpea los cristales con afán, mientras el viento silba en su vaivén, trayendo la nostalgia de un edén donde las viejas penas se irán.
Regala el cielo su húmedo brocado, un bálsamo que calma la sequía, devolviendo la luz y la alegría al campo que se encuentra renovado.