La cifra del silencio
Amanece entre las montañas.
El sol aparece lentamente,
como si emergiera desde el interior de la roca,
y la luz desciende sobre las cosas
con una claridad silenciosa
que el mundo bebe igual que el agua.
Permanezco quieto frente a la mañana.
Toco mis sienes
mientras el aire frío entra en mi cuerpo.
Respirar es abrir la tierra nuevamente,
dejar que el día encuentre un lugar donde habitar.
Entonces la palabra comienza a formarse,
todavía oscura,
todavía un latido antes del lenguaje.
Sale del corazón en silencio.
No viene a explicar nada.
Apenas ilumina
la cercanía de lo que existe:
el agua moviéndose entre las piedras,
las aves inclinadas sobre el río,
el temblor del viento en las ramas.
Con ella regresa el recuerdo.
Los ojos aletean sobre el agua
como pájaros demorados en la orilla,
y el rostro, al tocar la memoria,
se derrumba dentro del pecho
en una claridad repentina.
Todo parece abrirse desde adentro.
Las partículas de la risa,
los restos brillantes del pescado abandonado al sol,
los pelícanos descendiendo lentamente
sobre la respiración salina del mar.
Nada está separado.
La tierra, los cuerpos, las mareas,
participan de una misma respiración antigua.
Miro las olas.
El viento sueña dentro del agua
y las palabras, por un instante,
se vuelven diáfanas:
espigas húmedas naciendo entre los labios.
Entonces alcanzo algo más profundo,
una región anterior al pensamiento,
donde los aromas del cuerpo
todavía conservan la sombra de los minerales,
la humedad del cielo,
la memoria secreta de la materia.
Al mediodía
la luz cae vertical sobre las casas.
Los patios permanecen vacíos,
los perros descansan debajo de los árboles,
las ciruelas arden silenciosamente entre las ramas.
Las flores junto al agua
sostienen el reflejo del sol
como si custodiaran
una forma invisible del tiempo.
Camino entre esas cosas
y siento que el mundo no es exterior a nosotros.
Habita en la respiración,
en la mirada,
en la manera en que el silencio
se posa sobre las manos entrelazadas.
Las garzas atraviesan el cielo.
Su vuelo blanco deja una abertura en el aire.
Por un instante todo permanece suspendido:
la nube, el viento, el resplandor del agua.
Y en medio de esa quietud
aparece tu ausencia.
La roca junto al mar
permanece blanca bajo la mañana,
pero yo avanzo vacío de ti,
como si caminara detrás de una sombra
que todavía conserva tu forma.
Entonces comprendo
que la poesía nace precisamente ahí:
en aquello que se retira
y, al retirarse,
nos obliga a mirar más profundamente.
La veo recorrer la tarde
como una iguana inmóvil bajo el sol,
desplazarse lentamente
en el charco donde tiembla la luz.
No es solamente palabra.
Es una manera de habitar el silencio,
de permanecer junto a las cosas
hasta que algo de ellas
decida revelarse.
Por eso te busco.
Busco en tu cuerpo
la cifra dispersa del tiempo,
la herida luminosa de las metáforas,
el temblor que permanece
cuando todo parece extinguirse.
Te he buscado en la noche,
entre caricias y sombras,
con los ojos abiertos hacia la oscuridad.
A veces creo encontrarte
en el sudor leve de los astros,
en un relámpago de flor
que atraviesa mi piel mientras sueño.
Y sigo pronunciando tu nombre.
No para retenerte,
sino para escuchar
cómo el mundo respira dentro de él.
Porque la poesía tal vez sea esto:
la lenta revelación de una presencia
en medio de la pérdida,
el instante en que el lenguaje
deja de ser únicamente voz
y se convierte en cobijo.
Sueño la poesía mientras camino
por senderos húmedos
donde la tierra conserva todavía
la respiración de la noche.
Cada pisada abre un leve temblor en el barro,
como si el mundo, bajo mis pasos,
despertara lentamente hacia la palabra.
El silencio deja su polvo sobre mi cuerpo.
No pesa:
permanece adherido a la piel
como una claridad oscura
que acompaña la respiración.
Y en medio de esa quietud
la brisa atraviesa los árboles
con una dulzura antigua,
como si trajera desde lejos
un verso todavía no pronunciado.
Entonces comprendo
que la poesía no comienza en la voz,
sino mucho antes:
en la forma en que el aire toca el rostro,
en el movimiento invisible del mar,
en la lenta inclinación de las cosas
hacia la noche.
Los versos se pronuncian solos
frente al océano crepuscular.
Las olas cantan en la orilla
sin saber que cantan,
y su repetición interminable
abre en mí
una región silenciosa
donde el tiempo parece detenerse.
Quisiera entonces encender los ojos,
extenderme en el aire
igual que una llama breve
sostenida por el viento.
No para abandonar el cuerpo,
sino para habitarlo de otra manera:
como quien entra en una casa vacía
y escucha por primera vez
la respiración de sus muros.
La poesía se vuelve cercana.
Es una almohada donde descansa la sonrisa,
un lecho humilde para la respiración cansada,
la brisa inclinándose sobre el rostro
mientras la noche cae lentamente sobre el mar.
Y más profundamente aún,
es la escritura secreta de los huesos:
la huella que el tiempo deja en nosotros,
el lenguaje silencioso
con que el cuerpo recuerda
su pertenencia a la tierra,
al agua,
al instante frágil de estar vivos.