Karlos Andrés

Quizás Sea Tiempo de Decir Adiós

Hay noches en las que el silencio pesa más que cualquier palabra,
en las que la oscuridad parece conocer mi nombre
y se sienta a mi lado
para recordarme todo aquello que intento olvidar.

 

Hay noches en las que me pregunto
si alguien realmente escucha los gritos que no salen de mi boca,
si alguien nota las lágrimas que se esconden
detrás de una sonrisa que aprendió a fingir que todo está bien.

 

Me siento solo.

 

Solo entre la gente,
solo entre las conversaciones,
solo incluso cuando estoy acompañado.

 

Como un árbol en medio del invierno,
esperando una primavera
que parece haber olvidado el camino de regreso.

 

A veces siento que mis problemas no importan,
que mis heridas son demasiado pequeñas para el mundo
y demasiado grandes para mi corazón.

 

Siento que nadie pregunta cómo estoy
porque nadie quiere escuchar la respuesta.

Y entonces te miro a ti.

 

A la mujer que amo.

 

A la mujer por la que habría atravesado tormentas,
por la que habría apagado mis propios incendios
para evitar que una sola chispa tocara su piel.

 

Y duele.

 

Duele descubrir que el amor más grande que he sentido
a veces parece tan pequeño ante tus ojos.

 

Duele entregar el alma
y sentir que nadie nota las cicatrices que deja hacerlo.

 

Duele quedarse cuando te piden que te vayas.

 

Duele elegir todos los días a alguien
que quizá ya dejó de elegirte.

 

He guardado palabras que nunca dije,
lágrimas que nunca mostré,
miedos que nunca confesé.

 

He cargado silencios tan pesados
que algunas noches siento que me rompen por dentro.

 

Y aun así seguí amando.

Seguí creyendo.

Seguí esperando.

 

Porque el amor tiene esa cruel costumbre
de hacernos permanecer
mucho después de que el corazón empieza a sangrar.

 

Pero últimamente me pregunto
si amar también significa saber cuándo partir.

 

Si amar es quedarse a cualquier precio,
o si amar es tener el valor de decir adiós
cuando uno ya no encuentra refugio en los brazos que ama.

 

Porque hay despedidas que no nacen de la falta de amor.

Nacen del cansancio.

Del dolor.

De la tristeza de sentirse invisible.

 

Y si algún día me marcho,
no será porque dejé de amarte.

 

Será porque me cansé de sentir que mi amor
no encontraba un lugar donde descansar.

 

Será porque comprendí que nadie puede vivir eternamente
rogando por un poco de la atención,
del cariño,
o de la importancia que entrega de manera sincera.

 

Y entonces me iré en silencio.

Como llegan las lágrimas.

Como se marchan los sueños.

Como se rompe un corazón.

Con amor.

 

Pero también con la tristeza
de haber dado todo
y sentir que, aun así,
nunca fue suficiente.