No conocieron tus labios
los besos del marinero.
No de este,
no del hombre que se relamía
pensando en la ternura de la inmadurez
sedienta de pasión desenfrenada.
Nunca supo tu cintura
la vigorosidad de unos brazos
con los que subir al cielo
era tan solo el primero de los pasos
para desnudar con la inercia el paraíso
Si lo hubieras sabido,
si tu paisaje espléndido lo hubiera percibido,
gracias a la pericia del explorador;
no de cualquiera,
sino de este que tiene manos de artista
manos con las que toca, moldea y acaricia.
Si tan solo una vez,
me hubieras permitido
saborear la penumbra de una noche roja,
con el revoloteo de todos mis sentidos,
quizás tuvieras hoy más que un recuerdo inacabado,
una experiencia lúbrica de la escenografía
que viaja, se diluye
y cada vez que puede se reinventa.
Pero, nunca supieron,
tú nunca lo supiste,
porque me desterraste sin haber pecado
y los rayos del sol, intermitentes,
jamás pudieron aplacar la bruma.
Y nunca lo sabrás,
estoy seguro,
porque el silencio forma sendos nubarrones
con los que se oscurecen los pequeños pasos
que en realidad siempre,
pero siempre, siempre
han querido llevarme hacia tus brazos.