En una conjunción del firmamento,
marcaron sus dominios, de la mano,
el roja con su fútbol y el verano,
poniendo cada tiempo en su momento.
Y cuando el sol llegaba a su aposento,
haciéndose del cielo soberano,
su luz complementó al fulgor hispano
que al gol supo añadir merecimiento.
Si el día se subió a su cumbre ardiente,
también mostró la roja, en su carrera,
el fuego que en su gen sigue presente.
El sol entró en calor, y España entera
rompió a entonar el cántico ferviente
que supo amaestrar la blanca esfera.