Cleptocracia
En la sombra dorada del palacio,
donde el silencio se compra y se vende,
nace un reino de máscaras y engaños
que de la verdad lentamente se desprende.
Allí la ambición viste trajes solemnes,
pronuncia discursos de falsa moral,
mientras el hambre recorre las calles
y la justicia se vuelve espectral.
En un gobierno corrupto, los cargos dejan de ser deberes y se convierten en privilegios;
las leyes dejan de ser principios y se convierten en instrumentos;
los ciudadanos dejan de ser fines en sí mismos y pasan a ser medios para la conservación del poder.
Y entonces la patria deja de ser casa
para convertirse en botín de ocasión;
los impuestos alimentan fortunas privadas
y el pueblo sostiene la corrupción.
Las promesas florecen en tiempos de urnas,
como flores de plástico bajo el sol:
hermosas por fuera, vacías por dentro,
sin raíz, sin fruto, sin honor.
Los jueces inclinan la balanza,
los poderosos compran absolución;
la verdad se encadena en los archivos
y la mentira recibe ovación.
Los ministros hablan de sacrificio,
pero jamás conocen la escasez;
predican austeridad desde el lujo
y llaman progreso a la desnudez.
Mientras tanto, el trabajador resiste,
levantando la nación con sus manos;
es quien carga el peso de la historia,
mientras otros reparten los beneficios humanos.
Pero ninguna cleptocracia es eterna,
ningún imperio de saqueo perduró;
porque la memoria de los pueblos despierta
cuando el abuso demasiado lejos llegó.
Y llega el día en que las voces dispersas
se convierten en un solo clamor;
las plazas recuperan su palabra
y la dignidad recupera su valor.
Entonces los cargos vuelven a ser deberes,
las leyes recuperan su razón,
y los ciudadanos vuelven a ser el centro
de la justicia, la patria y la nación.
Porque el poder que olvida a su pueblo
construye su propio final;
y toda cleptocracia, tarde o temprano,
cae derrotada por el juicio moral.
—Luis Barreda/LAB
Glendale, California, EUA
Julio de 2019