Me preguntas por qué no te amo.
Me lo preguntas otra vez.
¿Por qué no te amo,
si eres linda, adinerada e inteligente?
Entonces, ¿por qué no te amo?
Luego me reclamas
porque no te creo cuando dices
que el cielo es verde
o que los marcianos son nuestros vecinos.
Me reclamas si hablo demasiado,
me reclamas si hablo poco.
«Algún día se te va a acabar tu pendeja
y me iré».
Me amenazas
mientras me preguntas, una vez más,
por qué no te amo.
Y entonces te escucho hablar
y digo para mí mismo:
«Ah… es por eso».