José Honorio Martínez Ochoa

Donde el mundo se aproxima

Donde el mundo se aproxima

 

Escribo mientras la noche
termina de acomodarse en el follaje.
Las hojas cuelgan sobre mí
como una respiración antigua,
y debajo de esa sombra
la página permanece abierta,
esperando no una confesión,
sino el instante
en que algo del mundo
decida acercarse.

Los rumores nocturnos
se desmoronan lentamente.
No desaparecen:
caen sobre el papel
como restos de una marea invisible,
como si la oscuridad, al tocar las palabras,
dejara en ellas
una forma secreta de la memoria.

Permanezco quieto.
Escucho el aire entrar y salir
entre los árboles y mi cuerpo.
Por momentos siento
que respirar no es sólo permanecer vivo,
sino abrir un espacio
para que las cosas puedan aparecer:
la humedad de la tierra,
la distancia del mar,
la vibración silenciosa de los jardines
que continúan creciendo
aunque nadie los mire.

Entonces las letras comienzan a encenderse.
Surgen despacio,
como chispas desprendidas
de una constelación enterrada en la conciencia.
No vienen a explicar nada.
Apenas iluminan
la superficie frágil de lo que existe.

Y, sin embargo,
en esa claridad mínima
algo se revela:
el temblor de una risa antigua,
la danza de la arena bajo el viento,
la presencia indecisa del fantasma
que atraviesa la memoria
sin abandonar del todo el mundo.

Comprendo entonces
que escribir es habitar esa abertura.
Sentarse frente a la página
hasta que el lenguaje respire por sí mismo
y deje pasar, aunque sea un instante,
la densidad corporal del mar,
la sombra de los árboles,
la cercanía de lo perdido.

Todo permanece suspendido
en una quietud profunda.
La noche ya no es un paisaje exterior:
ha entrado en las palabras,
y desde ellas
levanta lentamente su violeta en mí.