Cuando llega el dolor,
tienes que abrirle la puerta.
Sentarte con él en las cenizas
y sentirlo
en cada poro,
en cada espacio de tu piel.
Tienes que romperte,
dejarte llevar
en sus alas negras, rotas.
Aceptarlo…
de buena gana.
Y cuando estés lista,
te levantas del piso,
le das un abrazo de despedida
y tomas tus alas plateadas…
para volar alto,
hecha una nueva criatura.