Forjé mi piel con hierro y con ceniza,
cosí mis grietas con oscuro alambre;
la luna, vieja viuda, me bautiza
con un silencio más feroz que el hambre.
Habito el reino gris de las cornisas,
donde el invierno anida en los espejos;
allí los ecos llevan cicatrices
y el tiempo cae en fragmentados rezos.
No soy la piedra: aprendí su apariencia.
No soy la sombra: aprendí su lenguaje.
Vestí la fría máscara de ausencia
para cruzar ilesa cada ultraje.
Mi corazón, murciélago cautivo,
duerme colgado en catedrales rotas;
a veces bate el polvo de su olvido
y deja flores negras en las notas.
Hay noches en que un fuego diminuto
enciende sus faroles clandestinos;
entonces, por un breve y dulce minuto,
la escarcha sueña campos cristalinos.
Mas vuelve el cuervo de la madrugada,
despliega sobre mí su negro manto;
y yo regreso, dócil y blindada,
al familiar refugio de mi espanto.
Porque la soledad fue mi castillo,
mi pan de sombra, mi metal sagrado;
bebí su oscuridad de cuenco en cuenco
hasta volverme parte de su lado.
Nadie encendió faroles en mi puerto,
ni escribió mi estación sobre la arena;
por eso llevo un cementerio abierto
floreciendo en silencio entre las venas.
Y cuando el último reloj se incline
y el horizonte apague sus hogueras,
seré la niebla que a la niebla sigue,
sin procesión, sin cruces, sin fronteras.
Tan sólo el viento sabrá mi nombre antiguo,
lo arrastrará entre espinos y maleza;
mientras la noche, mi único testigo,
corona de obsidiana mi tristeza.
Yasuara Melgara