Mujer, tus manos no tejen mi presente,
pero trazaron el sur en mi brújula,
cuando el norte era solo niebla y olvido.
Tú, que abriste los caminos,
sin pisarlos conmigo,
que encendiste la lámpara en mi pecho
y te fuiste,
dejando la luz prendida en mi espalda.
No te tengo, y, sin embargo,
eres la lluvia que recuerda la tierra,
el mapa que no se arruga, aunque llore.
Tu voz me llega como el viento,
que mueve las ramas de un árbol,
que ya no está en tu jardín,
pero que sigue creciendo hacia tu sombra.
Y aunque tu paso no roce ya mi puerta,
aunque tu almohada guarde otro sueño,
yo navego por el río que lleva tu nombre,
hacia un mar que nunca tocaré.
Eres la estrella que ya se apagó en el cielo,
pero sigue viajando, incansable,
hasta estrellarse viva contra mis ojos.
Te sigo amando como se ama el día,
cuando la noche es larga y fría;
como se ama el surco que guarda la semilla,
que el labrador perdió,
pero que un día fue trigo.
No me diste el pan,
me diste el hambre de buscarlo,
y en esa hambre eterna,
me enseñaste a vivir.
Por eso, aunque no estés,
estás más que las que se quedan.
Eres la ausencia que llena,
la distancia que acerca,
la huella que no se borra
en la arena de este tiempo.
Y mientras haya viento,
mientras haya noche,
mientras haya un hombre perdido,
que recuerde tu nombre,
seguiré caminando,
por el sur que tú trazaste,
para que yo,
sin ti,
me encuentre a mí.