A mis 70 años, la búsqueda de la serenidad no es un acto de egoísmo, sino un ejercicio de autenticidad y preservación. A esta edad, el tiempo deja de ser una cantidad abstracta para convertirse en un recurso finito y sagrado.
He aprendido a evadir temas irrelevantes y a evitar las \"conversaciones vacías\". Al definir mis nuevos límites, he comprendido que la energía mental es un capital que debe invertirse solo en aquello que nutre, edifica o permite estar en calma. Se trata de la autodeterminación: soy un hombre que ha trabajado, escrito y reflexionado sobre la vida, y ya no necesito llenar los silencios con ruido. Por ello, me permito alejarme de dinámicas conflictivas que interrumpan mi paz.
La verdadera paz es saber estar solo sin sentirse abandonado y, al estar en compañía, buscar solo aquellas presencias que sean un espejo de mi propia serenidad. Amo las compañías gratas, sin reproches. Me desagrada tener que dar explicaciones innecesarias sobre mis acciones o mis encuentros; sentir que debo rendir cuentas sobre con quién hablo o qué converso me resulta ajeno a la madurez. Considero que esa intromisión es una carencia de quien la ejerce.
Respetar el tiempo y el espacio ajeno es una norma fundamental que, al practicarse, nos permite vivir a plenitud. Llegar a los 70 años es un triunfo. Muchos amigos de mi infancia y adolescencia no lo lograron; me siento victorioso y, por ese motivo, aparto de mi vida todo aquello que me lastima. Puede doler un momento, pero no el resto de lo que me queda de vida.
El único día que tengo para ser feliz es hoy, y por eso lo disfruto al máximo. Mi paz actual no es producto del azar; es el resultado de una vida de trabajo, de haber litigado en los tribunales filosóficos de la vida, de haber compuesto versos y de haber navegado las complejidades de la existencia. El legado de la madurez me ha enseñado que ya no busco una relación por necesidad, sino por calidad de vida. Si una compañía no eleva mi espíritu, la soledad —que a estas alturas es una elección elegante— se vuelve infinitamente superior.
En esta etapa, la transparencia es una virtud que me permite valorar el intelecto y el sosiego por encima de la interacción constante. La comunicación profunda, hoy, se basa en el intercambio de sabiduría, consuelo o, sencillamente, en un silencio compartido que sea cómodo. Quien busque mi compañía debe comprender que el diálogo, más que un intercambio de palabras, es una arquitectura de encuentro. El rechazo a lo vacío es, en realidad, un filtro ante el juicio, la queja constante y la superficialidad.
La paz no se compra ni se vende, porque nace de un sistema de valores donde la tranquilidad propia es innegociable.
¡Vivamos tranquilos!
¡Vivamos alegres!
¡Vivamos felices!
Estos tres pilares nos permitirán, cuando llegue el momento, partir en paz.
Autor: Luis Granadillo Rodríguez