Llegó el rey sol, en su volante ardiente
de oro bruñido sobre azul zafiro,
vuelca en sus rayos el dorado giro,
la faz ilustra del orbe fulgente;
cien rayos de su luz resplandeciente
—cual flechas de oro en su feliz retiro—
rompen del cielo el trémulo suspiro,
pautando glorias al albor naciente.
Y aquella que fue reina tenebrosa,
la noche, en su alto imperio antes tirana,
entonces despojada y presurosa;
su ejército de sombras, con desgana,
tropezando en su fuga congojosa,
al ocaso llegaba, ya villana.