El rey de las lumbreras ya ha su faz ocultado
dorando el infinito con sus rayos postreros,
y sus párvulas bocas que jamás han besado
anhelan con premura los contactos primeros.
El céfiro oportuno por su soplo pausado
con sus suaves caricias se hizo cómplice de Eros,
y en la noche serena que Selene ha azulado
rasgado el tul oscuro por los primos luceros;
testigos son silentes de la escena amorosa.
Quién sabe si una llama de pasión duradera
o la leve pavesa que sofocan los vientos.
Y como la experiencia por sí misma es hermosa
no le sumo erotismo que restarle pudiera,
encanto a la frescura de tan dulces momentos.