Me ha sido dada la sombra de las nubes
reposan sobre mí los inicios
de quienes habitan la cuenca: sosteniendo
con el habla y la memoria las falanges edáficas,
manteniendo a flote los glifos de la palabra.
Lugares turquesa sin ruido donde reposa
la emoción por contemplarte: también aquí
con su caparazón de carne roja, de tunal
mis manos sobre tu roca germinan.
¿Qué hemos hecho? Escuchamos al joven suelo de pericardios,
de cotiledones decir: “hágase la boca,
y con ella, la necesidad de cesar otra vida”,
con su voz de elipses murmurantes se forma tu cuerpo
y en los amaneceres tus cristales dorados.
Protesto ante lo que soy, me niego a devorar
para conservar mi vida… ¿Cómo liberarme?
¿Cómo no negarle la existencia a quien engullo
para mantenerme?
Siento afecto por quienes me parasitan,
deseo ofrendarles mi cuerpo para que vivan,
hacer feliz al hematófago, dejar vivir al vegetal ¿Cómo puedo liberarme?
Tengo miedo de encontrarme contigo.
Amor de terracota con tus minerales siameses
donde ya no te alcanza mi querer
recibimos bullendo esta existencia
dedicada al devoramiento. Quiero entregarme a ti,
que mis secreciones inertes se beban por las raíces
y las emanaciones terminen por evanecerme.
Será cuando sus sollozos recuesten el horizonte,
me nombrarán polvo, me llamarán arena, diránme gleba,
mis escamas serán livianas, traslúcidas, mi vaharada seca,
astillosa … Pesa sobre mí la vida:
esa bestia que viendo vencido a su oponente, le desmiembra
bañando su hocico en sangre. En el árido a veces.
Lo queramos o no, éste es nuestro territorio.