La cercanía de la distancia
Estoy en el navío inasible de tu mirada.
No lo habito como quien emprende un viaje,
sino como quien entra lentamente
en una región donde el mundo cambia de respiración.
Tus ojos avanzan sobre mí
con la profundidad del agua nocturna;
en ellos el horizonte pierde sus límites
y el pensamiento comienza a moverse
como una corriente silenciosa.
Permanezco allí.
Trenzado con la voluntad del aire,
apegado al pie húmedo de las arenas,
escuchando cómo la tarde respira
entre el mar y las ramas inmóviles de los mangles.
Estoy lejos de tu alojamiento.
Pero la distancia no consigue apartarte de las cosas.
Tu presencia permanece dispersa en el paisaje:
en la sal que deja el viento sobre la piel,
en el calor espeso de la tierra,
en la claridad que todavía arde
sobre las hojas después del día.
Entonces hablo.
No para llenar el silencio,
sino para seguir el ritmo lento
con que el pensamiento toca el mundo.
Las palabras llegan despacio,
como si necesitaran atravesar primero
la profundidad del cuerpo
antes de alcanzar la voz.
He vivido cantando mi vida.
No como celebración,
sino como una forma de permanecer abierto
a la intemperie de las horas.
El azul del cielo descansa sobre mi frente
y allí se mezcla con el follaje abrasador de tu mirada.
Hay algo vegetal en tu presencia.
Una abundancia silenciosa,
un crecimiento invisible
que se expande bajo la luz
sin pedir nada al tiempo.
Y yo me dejo envolver
por el aire caliente de las plantaciones de mangos,
por ese aroma terrestre
donde el verano parece conservar todavía
su respiración más profunda.
Traigo conmigo la crónica de tus ojos.
No está escrita en páginas,
sino en la transformación del horizonte.
Cada atardecer vuelve a pronunciarla:
la luz inclinándose sobre el mar,
las sombras creciendo lentamente sobre la arena,
el rostro del mundo teñido por una claridad ardiente.
Entonces me incendio en tus brazos.
No como quien desaparece en el fuego,
sino como quien encuentra finalmente
una región donde la presencia puede habitarse.
Me tiendo en la tarde.
El silencio comienza a hervir lentamente alrededor de las cosas.
No es vacío.
Es una materia invisible
que sostiene la respiración del mundo.
Los árboles se inclinan apenas.
Sus ramas conversan con el viento
en una lengua anterior a toda palabra.
Hay un encanto secreto en esa oscuridad que desciende,
como si la atmósfera misma
intentara revelar algo
que sólo puede comprenderse en silencio.
Entonces tu voz atraviesa la tarde.
Llega desde lejos
y, sin embargo, toca directamente el cuerpo.
No habla únicamente al oído:
enciende el aire,
abre una profundidad nueva en la penumbra,
hace temblar la claridad que todavía permanece
sobre el horizonte.
Y yo caigo lentamente en esa apertura.
No por debilidad,
sino porque el mundo se vuelve demasiado cercano.
La atmósfera me rodea con su espesor oscuro;
el mar respira detrás de las sombras;
el viento atraviesa los árboles
como una memoria antigua de la tierra.
Entonces comprendo
que el amor quizá no consista en alcanzar al otro,
sino en aprender a habitar la distancia
como una forma de presencia.
Y en medio de la noche,
entre tus brazos y el rumor del aire,
mi cuerpo hace finalmente ruido en el silencio,
como si el lenguaje hubiera encontrado por fin
una morada donde permanecer.