José de Jesús Camacho Medina

La ventana oxidada

Cuento:  \"La ventana oxidada\"

Ya tengo un par de meses sin salir de casa. Los días se me hacen eternos y todos a mi alrededor parecen olvidarme; hasta Lucy, que antes jugaba conmigo ya no me hace caso.

Herón ya no me invita a salir ni me permite acompañarlo a comprar cosas a la tienda. Ahora no me busca, casi no lo veo, como si existiera entre nosotros una distancia abismal.

Todo se ha vuelto predecible:
el mismo cielo,
la misma indiferencia,
el mismo plato,
el mismo escenario,
cada día y cada noche.

Solo los grillos han sabido romper, aunque sea un poco, el vacío de estas cuatro paredes. Y durante el día, alguna paloma o algún pájaro que a veces se posa por un instante en la esquina para luego irse en una fracción de segundos, como si también sintiera pena por el desierto donde vivo.

Tengo mucho que decir, pero no lo hago. Algo me lo impide. Todo lo que siento se va quedando atrapado en mi mirada y a nadie parece importarle. Y aunque la comida y el agua no me faltan, me siento en el olvido.

He intentado acercarme, ser amable con todos, pero solo recibo palabras en un lenguaje que no entiendo. Todos huyen, se marchan y se limitan a un mínimo contacto.

La verdad es que ya casi no me hacen caso. Ni siquiera se detienen a mirarme por aquella ventana oxidada. Nada ocurre. Es como si ya no existiera.

Extraño salir a la calle, al parque, todos juntos. Oler los árboles, mirar a otras personas, correr y dejarme caer sobre el pasto sin pensar en el mañana.

Este encierro me ha convertido en un mueble más, en una maceta olvidada que nadie riega. 

Extraño muchas cosas.
Antes me decían:
- Chato, ven.
- Chato, siéntate a mi lado.

Y juraban que yo era el mejor perro del mundo.

De pronto, un portazo sacó de sus cabales a Herón. Era su hermana Lucy, que había entrado a su habitación sin previo aviso.

- ¡¿Qué traes, Lucy?! ¿Por qué no tocas antes de entrar? ¡Me asustaste!

- Perdón, Herón. ¿Qué tienes? ¿Sigues triste porque nuestros papás regalaron a nuestro perro?

- Sí, mucho. Estaba imaginando lo que pudo haber sentido El Chato en todo este tiempo que no le hacíamos caso. Por un momento pensé cómo habría sido su frustración, me imaginé lo que pasaba por su cabeza.

En ese instante, la madre les gritó desde la planta baja, \"¡Ya está de comer!\". El padre tocó la puerta con las tortillas en la mano y un refresco. Todo estaba listo para la merienda.

Por su parte, El Chato gozaba de la libertad que no había tenido en meses. Su nueva familia lo sacaba a diario a respirar el aire puro de los parques más verdes de la ciudad.

El fin de semana lo llevaron al panteón. Ahí permaneció casi media hora, con una mirada extraña, muy quieto, observando, mientras sus nuevos dueños oraban frente a cuatro tumbas que tenían las fotografías de sus antiguos dueños.