José Antonio Artés

EL DOLOR DE LA HUIDA

No lloraba por una herida,
porque ella tenía nombre,
borde, sangre,
un lugar donde poner la mano.


Dentro de mí ocurría otra cosa:
un dolor sin sitio,
una casa apagándose
mientras ella cerraba la puerta.


Los ojos congelaron las lágrimas.
Lloraba por dentro,
regando de pena la memoria,
la mesa compartida,
el lado de la cama
donde aún quedaba su forma.


Ella huyó sin mirar atrás,
con la prisa de quien sabe
que dejaba una verdad rota
encima de la vida.


No dolió solo su marcha,
sino todo lo que venía anunciándola:
los besos distraídos,
la mirada ausente,
y algo más que nunca supe nombrar.


Entonces me visitó el silencio,
con su traje de costuras rotas,
y yo no supe si barrer los restos
o quedarme a que la noche,
torpe, ciega,
me diera una razón.


Pero la noche no explicó nada.
Solo dejó su sombra,
nada más,
en los pasillos,
en la ropa doblada,
en el aire cansado
de una vida que parecía nuestra.


Yo, en cambio,
me quedé con las preguntas,
con la conciencia a medio hacer,
y esa forma amarga de entender
que a veces el amor
también abandona
antes de marcharse.

 

Y sin embargo,

 seguía escuchando sus pasos en la escalera.

 

 

José Antonio Artés Sánchez