Y le pregunté…
—Buscador, ¿qué has perdido?
—Solo persigo a mi alma ausente
que se ha apartado de lo insondable.
Hallarla será un milagro, lo sé;
sus alas reposaban sin temor al vuelo.
Siento que debe estar entre las flores.
Ayer desperté frente a la aurora,
pero en ella no habitaban los destellos.
Mañana iré hacia el ocaso, sin llegar a la negrura;
esas nubes rojizas abarcan el firmamento.
Si la encontrara allá, sentiría un nuevo palpitar.
Qué triste su partida, como aquellos años pasajeros.
¿Habré quebrado su confianza con mundanas ideas?
Ha llegado un frío que se instala en mi pecho.
Ahora sé que las almas abandonan su nido
mucho antes de su partida deseada y decisiva.
¡Pobre vasija de barro, que vaga sin misterio!