Mirando al cielo, al borde del río, escucho el suave canto místico de las aves. Voy alternando mi visión con cada fragmento de nube que se desborda y se escapa a través del cielo.
Finjo estar conmigo y me zambullo en la danza solitaria, hablo con mi consciencia de infante envejecido, aún soy mi propio espejo.
Descalzo vago por este cuarto cerrado, algo fuera de mi consciencia me impulsa hacia afuera, hacia un afuera abstracto, y fija mis sentidos en la necesidad de sentir mis sentidos y decodificarlos.
Ahora, mirando por la ventana hacia el mañana, soy como el eco de una música antigua, el instrumento de un ser superior.
Voy caminando en los márgenes ds este cuarto, el techo es mi nuevo cielo, las paredes los límites de mi mente, y me pregunto si realmente existo en mí adentro de este sitio imaginario (imaginario y real).
Por un momento, salgo de mi cuerpo, y reposo al lado del fuego místico, el fuego actúa como una especie de lenguaje extraño, casi imposible de traducir.
Mi corazón ya ocupa el lugar de mi pensamiento, y vive como si pensara, y si realmente es real en sí, entonces es un corazón pensante.
Desperté de repente y mi rostro me pareció lejano y extraño, la habitación no conducia hacia ningún lugar y la sensación de vivir ausente me invadió como una náusea vulgar. Sentí la soledad más profunda y absurda, sonreí para distanciarme de mi mirada rota y confusa, y una imposible esperanza del ser se me reveló en el horizonte donde mi infancia nunca envejece. Comprendí que la sombra aquella me seguiría hasta el fin del mundo, y que nunca me dejaría en paz, hasta mover el eje central de mi alma e imponer su sonrisa azul e inocente.
El cuerpo es mi máscara más real.
Ya no siento a nadie pensarme adentro de sí.
Ahora soy como hojas hermosas colgadas en el viento
Como hojas volando en un viento imaginario.