Donde habita el deseo
A veces me atrapa el deseo universal.
Llega despacio,
como una marea que asciende desde regiones invisibles
y comienza a tocar las orillas del cuerpo.
No sé exactamente de dónde viene.
Tal vez del mar,
tal vez del silencio que permanece detrás de las cosas,
esperando una grieta en la respiración
para revelarse.
Entonces me sumerjo en tus ojos.
No busco en ellos una imagen de mí mismo.
Busco más bien una profundidad,
un espacio donde el mundo pueda descansar
sin la agitación de los nombres.
Tu mirada se abre lentamente,
como agua oscura atravesada por la luz de la tarde.
Y en el movimiento casi imperceptible de tu sonrisa
siento avanzar una marea interior
que transforma el aire alrededor de nosotros.
Permanezco allí.
En el atardecer de tu mano extendida,
donde la luz adquiere una temperatura más humana
y el tiempo parece demorarse
sobre la piel y las cosas cercanas.
Tu claridad toca la lluvia.
No la ilumina desde afuera;
la habita.
Cada gota desciende con una lentitud antigua
sobre la arena húmeda de la mar,
como si el cielo besara silenciosamente la tierra
para recordar su origen compartido.
Entonces la garza levanta el vuelo.
Su cuerpo atraviesa el horizonte
sin romper el silencio del agua.
Por un instante
todo queda suspendido:
el mar respirando junto a las piedras,
la espuma deshaciéndose lentamente en la orilla,
el aire abierto entre nosotros.
Y comprendo
que hay momentos en que el mundo habla
sin necesidad de palabras.
Después llega el silencio.
Pero no como vacío.
Llega como una profundidad hospitalaria,
como una morada donde la respiración encuentra descanso.
En él escucho el rumor más íntimo de las cosas:
la corriente invisible del pensamiento,
el temblor de la luz sobre el agua,
la distancia lenta de la tarde alejándose hacia la noche.
Entonces deposito mis deseos en la canoa.
Lo hago despacio,
como quien entrega algo frágil
a la corriente del tiempo.
La madera cruje apenas sobre el agua;
cada remo abre un surco silencioso
en la superficie oscura del mar.
La canoa avanza.
No guiada por la voluntad de llegar,
sino por una fidelidad más profunda:
la de permanecer abierta al horizonte,
a la respiración del mundo,
a aquello que todavía no ha sido dicho
y, sin embargo, ya comienza a revelarse.
Yo observo cómo se aleja.
La tarde termina de inclinarse sobre el agua.
El cielo se vacía lentamente de luz.
Y en esa penumbra que empieza a respirarse
comprendo que el deseo no consiste en poseer la presencia,
sino en habitar su cercanía
sin clausurar su misterio.
Entonces callo.
Porque también el silencio puede convertirse en lenguaje
cuando el mar, la lluvia y la memoria
encuentran un lugar común
donde permanecer juntos.