Cada botella bebida
y cada ceniza caída
no se quedan en mi cuerpo;
suben a mi mente
y borran todo mi ser.
Sin embargo,
no me derrumbo por el pasado.
Mi refugio no es un secreto.
Miro lo que fui,
pero ya no sé qué soy.
¿A quién quiero engañar?
Las noches se volvieron
raramente bonitas y difíciles.
Y el vino,
tan dulce
que amargaba mi estómago,
guiaba mi mente.
No buscaba escapar;
solo no sabía qué hacer.
Pensé que al crecer
todo iba a ceder.
Pero, ¿a quién engañamos?
No somos nada,
pero lo somos todo
cuando entendemos.
Porque vivir no es vivir
si dejas que aquello que te consume
se quede en tu cabeza
y olvide seguir su camino.
Prefiero destrozarme conscientemente
que encerrar mi mente
sin saber qué hacer con ella.
Está bien si rompes tu cabeza,
pero no dejes que te lleve.
Está bien que el licor baile en tus venas,
que recorra tus recuerdos
y se ría con tus noches.
Pero no dejes que se quede
en tu hermosa mente.
Porque es ahí,
entre pensamientos extraños,
recuerdos sin nombre
y sueños que todavía respiran,
donde habita lo más valioso
que podemos llegar a cuidar.