Hay una mujer que se mete en mi memoria
y sale a caminar algunas noches.
Esta mañana encontré una tristeza en el jardín.
Una tristeza que conozco.
Debe haber venido anoche.
O tal vez no.
Con los años la he olvidado.
Pero también la he inventado.
Por eso cuando vuelve,
vuelve cada vez más imposible.
Ya no camina entre los árboles,
sino entre constelaciones.
Más hermosa y más lejana.
Más ajena y, sin embargo,
acecha mi duermevela,
como un animal agazapado entre los pastos.
Como un sol que niega el horizonte,
y deja el alba mirando hacia otra parte.
La noche se estira para dejar entrar sus ojos.
La pone tan cierta del otro lado de mis párpados
que al despertarme,
la mañana parece una equivocación.
Y por un instante,
que es un poco más que un tiempo,
no sé de qué lado del amanecer estoy.