La noche descendió en silencio,
como un rey vestido de sombras,
y el cielo, inmenso y vacío,
cerró sus ojos sobre las montañas.
No había estrellas.
Ni una sola chispa de plata
bordando los rincones del firmamento;
solo un océano negro e infinito
donde se ahogaban los sueños del viento.
Los árboles guardaban silencio,
las calles parecían dormir,
y la luna, oculta tras los recuerdos,
renunció por un instante a existir.
Miré hacia arriba buscando respuestas,
alguna luz, alguna señal;
pero la oscuridad respondió primero
con su lenguaje frío y ancestral.
Entonces comprendí que incluso la noche
más profunda y desolada,
esconde en su corazón invisible
una promesa aún no revelada.
Porque las estrellas no siempre brillan,
ni la esperanza sabe resplandecer;
a veces se ocultan en el silencio
para enseñarnos a creer.
Y así, bajo aquel cielo vacío,
sin constelaciones que admirar,
aprendí que hasta una noche sin estrellas
puede enseñarnos a caminar.