El oscuro

Bajo el llanto del cielo

Las mañanas lluviosas siempre me han parecido el duelo silencioso de los cielos.

Como si las nubes, incapaces de soportar el peso de sus propias penas, se desgarraran lentamente sobre el horizonte y dejaran caer sus lágrimas sobre un mundo que jamás se detiene a mirar.

Y mientras la lluvia cae, siento que el universo conoce mi nombre.

Cada gota que besa mi piel parece comprender la agonía que habita en mis huesos, ese dolor sin forma que arde en el pecho como una herida abierta que jamás aprendió a cicatrizar. Es como si el cielo llorara por mí aquello que ya no puedo llorar solo.

Por eso camino bajo la tormenta.

Porque la lluvia es el único refugio donde mi tristeza puede existir sin máscaras.

Allí mis lágrimas dejan de ser mías y se convierten en parte del aguacero. Nadie nota cuándo es el cielo quien llora y cuándo soy yo quien se está derrumbando. Nadie escucha el crujido de mi alma mientras se rompe en silencio.

Entonces mis demonios despiertan.

Emergen de las grietas más profundas de mi sombra como espectros hambrientos de recuerdos. Se alimentan de mis insomnios, de mis heridas ocultas, de cada batalla que libré en silencio mientras fingía estar bien.

Son ellos quienes me visitan cada noche.

Los verdugos invisibles que se sientan al borde de mi cama cuando el mundo duerme. Los que susurran palabras de derrota con voces hechas de oscuridad.

“Ya estás perdido…”

“Nadie vendrá a salvarte…”

“Ríndete…”

Y aunque intento escapar, sus voces me persiguen como un eco eterno, resonando entre los rincones más frágiles de mi existencia.

Pero sigo caminando.

Con el corazón convertido en ruinas y los ojos llenos de tormentas.

Sigo caminando bajo la lluvia porque ella no me juzga. Porque conoce el lenguaje de los que sufren en silencio. Porque entiende lo que es romperse sin hacer ruido.

Y mientras el cielo derrama su tristeza sobre la tierra, yo derramo la mía sobre el viento.

Dos almas heridas llorando al mismo tiempo.

Dos abismos reflejándose el uno en el otro.

El cielo sobre mí.

Y dentro de mí, una tormenta aún más grande.

Una tormenta que nadie ve.

Una tormenta donde mis demonios bailan entre los restos de mis sueños, mientras yo continúo avanzando entre la lluvia, aferrándome a las últimas brasas de esperanza que sobreviven en medio de tanta oscuridad.

Porque aunque mis noches estén pobladas de sombras y mis lágrimas se confundan con el aguacero, todavía existe una parte de mí que se niega a morir.

Una pequeña luz temblando en mitad de la tormenta.

Una luz herida.

Una luz cansada.

Pero una luz que, pese a todo, sigue encendida.